LA DILUSION DEL MAESTRO...

Parece simple suponer que cuando hablamos del cuerpo nos estamos refiriendo a una materialidad visible y tocable. Sin embargo, cuando entramos en relación con la realidad virtual o con las tecnologías telepresenciales algo ocurre con lo corporal: rompemos con los nexos que conectan el aquí con el ahora.
Puedo hablar “ahora” con casi cualquier persona en el mundo, pero sin moverme del “aquí”. Esa posibilidad transforma al cuerpo antes tocable y lo hace un poco inmaterial, incluso podría decir que lo vuelve poroso, fantasmagórico. Voy a insinuar un fenómeno similar respecto de un personaje que antes conocíamos como el maestro y que nuestra época, por prácticas y discursos específicos se ha diluido.
En principio pensé mostrar un recorrido entre la aparición pública de un cuerpo del enseñante y el modo poroso en el que se ha transformado su función en las llamadas sociedades del conocimiento. Sin embargo entendí que señalar que el maestro está afectado por las cuestiones del mundo actual es un lugar común que no arriesga nada.
La dilución del maestro en la sociedad actual tiene varios significados: dilución como lo que desaparece, lo que se disemina; pero también dilución como ilusión: la que ellos se hacen de sí mismos y la que otros hacen del maestro. La enseñanza que en otra época era definitoria para nombrar al maestro, hoy tiende a remplazarse por una función que puede cumplir cualquier sujeto en muchas instancias y a través de varios dispositivos. Sin duda ese tránsito entre el maestro y la función docente de hoy termina por oscurecerlo, o si lo prefieren, enrarecerlo. Incluso su diseminación es por exceso, no por defecto; tantos son docentes y hay docencia en todo, que el maestro termina por diluirse.
La proliferación de discursos sobre los maestros es avasallante: se habla de ellos sin nombrarlos en los lenguajes de la calidad o del aprendizaje; la economía política de lo educativo les construye una red de observación e intervención que los aborda técnicamente; algunos expertos ponen el acento en su condición substancial y especulan sin límite sobre su protagonismo; la política pública tiende a unificar por consenso sus campos de formación en términos de capacitación, reciclaje, entrenamiento, reconversión, pero sobre todo, profesionalización; sus relaciones con la práctica, con el saber, con el orden institucional se expresan por lo general como un asunto que proviene del exterior; su estatuto intelectual y legal conserva el grito, la precariedad, las urgencias lloradas de antaño. Dicho de otro modo, se habla tanto de los maestros que no parece quedarles ni oscuridad ni respiro. Cuando se habla tanto del maestro ya no se sabe qué es lo que se dice de él, o algunos creen que con definir su perfil están resolviendo sus problemas.
Esto me hace pensar que el lugar del profesor en la escuela fue definido en su origen por condiciones de posibilidad que ya no son las de ahora y que tal proliferación de discursos se debe a los vanos intentos de definir qué es hoy un maestro. Si la escuela ha cambiado, si la infancia ha cambiado, si el saber ha cambiado, el maestro no puede ser ajeno a estos cambios.
Al margen de los códigos usuales que tejen referencia sobre los maestros, no intento un examen, no busco ni sentar cátedra, ni atacarlo, solo ubicarlo en un lugar de tránsito problemático. Las condiciones que lo hicieron posible ya no están, muy seguramente a esto sea a lo que llaman cambio educativo. Las prácticas que antes lo definían, ahora hacen que se reconstituya, que tenga que pensar y disputar su legitimidad. Sus relaciones consigo mismo y con lo que lo rodea lo interrogan hasta el punto de parecer embrollarlo en campos, funciones, invisibilidades y quehaceres que diluyen su cuerpo. Se dice de él que no tiene experiencia, que la pierde, la derrocha, cada vez habla y convoca menos. Suspendido en la indefinición de tanto requerimiento se entrega al espectáculo de un pensamiento que habla de él, mucho más que al pensamiento mismo, que a su propio pensamiento.
En el momento en que se multiplican los mensajes, se recompone el carácter y el papel de la formación, así como se redefine la subjetividad del maestro. Vemos entonces cómo este entra en una región de sombras donde se desubica y al mismo tiempo lo multiplica en tantos otros que su presencia se hace superficial y por demás, casi anodina. Sin embargo muchos han creído que lo único que tiene que cambiar es “su disposición hacia el cambio” o que “debe asumir los retos que le impone la sociedad del conocimiento y los procesos de modernización social y cultural”; no faltará quien opine que con “una capacitación y actualización de sus conocimientos” ya bastaría, o que necesita entender “los cambios operados en las infancias” y por tanto adoptar una nueva actitud hacia la tecnología, su lógica, sus ventajas.
Pero hay también quienes descartan definitivamente al enseñante y lo reemplazan por un profesional a la luz de confiar en los procesos de formación en instituciones “perfectamente acreditadas que garantizan su profesionalización”, o también los que lo recomponen como “un experto en resolución de problemas” y otras habilidades multiusos. Resulta entonces apenas natural que el maestro se esté diluyendo. Así...
Dilución por función. Separado de la enseñanza, por ese juego complejo de enrarecimiento de la pedagogía y desarticulación de su acción enseñante, el maestro existe de ahora en adelante solo de un modo disgregado y disperso: por un lado administra el currículo del que únicamente conoce su forma exterior: ni lo construyó, ni puede adecuarlo, ni trasformarlo o adquirir autonomía de él, porque ya todo está perfectamente amarrado y construido por el modelo; por otro lado su papel se recompone al definirse que su tarea en el proceso de la educación es servir de facilitador de aprendizajes, es decir, que sus propias preguntas, su proceso de construcción está limitado al rendimiento de los otros.
Dilución por aprendizaje. De la misma forma que un cuerpo superprotegido pierde toda posibilidad de defensa, el énfasis desmedido en el aprendizaje, entendido solo como transformación de conductas, señala la duda en el valor de lo que efectivamente se puede aprender. Destaco aquí una posible ruptura en las concepciones y en la organización del modo de ser maestro, por lo menos en el último medio siglo, primero con el surgimiento de la tecnología instruccional y el modelo curricular y, más recientemente, con la introducción de un nuevo estilo de desarrollo educativo basado en “la satisfacción de necesidades básicas de aprendizaje”. En ambos casos la reordenación impone al maestro el privilegio del aprendizaje con lo cual su destino estará definido, no por sí mismo, sino por los sujetos de aprendizaje. Al quedar atomizado el propósito de la formación, lo que queda es la conducta del otro expresada en términos de habilidades, destrezas y comportamientos.
Dilución por los entornos virtuales. Los avances tecnológicos actuales hacen posible el empleo de mediadores de la enseñanza-aprendizaje que muchos de los maestros no conocieron cuando eran estudiantes, ni tampoco, en muchos casos, durante el período de preparación profesional. Durante mucho tiempo, el maestro tenía por función mostrar los conocimientos y los contenidos y, respecto al método de enseñanza, relacionar dichos contenidos con lo social y lo cultural, lo cual permitía la transformación de los conocimientos en contenidos para la enseñanza y de la conversión de estos en saberes por intermediación de la cultura, en lo que Lyotard denomina la política de los saberes. Pero en la docencia virtual, el modo de ser de los conocimientos supone otro tipo de modificación sustantiva respecto de lo que antes constituía la enseñanza de los conocimientos. Estoy lejos de criticar la informática y la tecnología, sino la manera como el maestro se debe hacer funcional a ellas, cuando el proceso es más potente al revés.
Conectando con lo que había señalado al inicio, hoy estamos en presencia de la dilución de eso que antes podríamos reconocer como el cuerpo del enseñante. Ya Virilio había advertido sobre esta estética de la desaparición que toca la puerta de nuestra cultura y que afecta el tiempo, el espacio, nuestros sentidos, la economía, la relación con la ciudad y con el planeta al encerrarnos en la economía política de la rapidez. A mayor velocidad, más pérdida del mundo, del cuerpo, de la voz. La subordinación del lenguaje a la comunicación es una prueba de ello, la reducción de la expresión a su uso metodológico es lo que hace que las aulas ya no sean lugares para la palabra. Parece simple suponer que cuando hablamos del cuerpo nos estamos refiriendo a una materialidad visible y tocable. Sin embargo, cuando entramos en relación con la realidad virtual o con las tecnologías telepresenciales algo ocurre con lo corporal: rompemos con los nexos que conectan el aquí con el ahora. Puedo hablar “ahora” con casi cualquier persona en el mundo, pero sin moverme del “aquí”. Esa posibilidad transforma al cuerpo antes tocable y lo hace un poco inmaterial, incluso podría decir que lo vuelve poroso, fantasmagórico. Voy a insinuar un fenómeno similar respecto de un personaje que antes conocíamos como el maestro y que nuestra época, por prácticas y discursos específicos se ha diluido.
En principio pensé mostrar un recorrido entre la aparición pública de un cuerpo del enseñante y el modo poroso en el que se ha transformado su función en las llamadas sociedades del conocimiento. Sin embargo entendí que señalar que el maestro está afectado por las cuestiones del mundo actual es un lugar común que no arriesga nada.
La dilución del maestro en la sociedad actual tiene varios significados: dilución como lo que desaparece, lo que se disemina; pero también dilución como ilusión: la que ellos se hacen de sí mismos y la que otros hacen del maestro. La enseñanza que en otra época era definitoria para nombrar al maestro, hoy tiende a remplazarse por una función que puede cumplir cualquier sujeto en muchas instancias y a través de varios dispositivos. Sin duda ese tránsito entre el maestro y la función docente de hoy termina por oscurecerlo, o si lo prefieren, enrarecerlo. Incluso su diseminación es por exceso, no por defecto; tantos son docentes y hay docencia en todo, que el maestro termina por diluirse.
La proliferación de discursos sobre los maestros es avasallante: se habla de ellos sin nombrarlos en los lenguajes de la calidad o del aprendizaje; la economía política de lo educativo les construye una red de observación e intervención que los aborda técnicamente; algunos expertos ponen el acento en su condición substancial y especulan sin límite sobre su protagonismo; la política pública tiende a unificar por consenso sus campos de formación en términos de capacitación, reciclaje, entrenamiento, reconversión, pero sobre todo, profesionalización; sus relaciones con la práctica, con el saber, con el orden institucional se expresan por lo general como un asunto que proviene del exterior; su estatuto intelectual y legal conserva el grito, la precariedad, las urgencias lloradas de antaño. Dicho de otro modo, se habla tanto de los maestros que no parece quedarles ni oscuridad ni respiro. Cuando se habla tanto del maestro ya no se sabe qué es lo que se dice de él, o algunos creen que con definir su perfil están resolviendo sus problemas.
Esto me hace pensar que el lugar del profesor en la escuela fue definido en su origen por condiciones de posibilidad que ya no son las de ahora y que tal proliferación de discursos se debe a los vanos intentos de definir qué es hoy un maestro. Si la escuela ha cambiado, si la infancia ha cambiado, si el saber ha cambiado, el maestro no puede ser ajeno a estos cambios.
Al margen de los códigos usuales que tejen referencia sobre los maestros, no intento un examen, no busco ni sentar cátedra, ni atacarlo, solo ubicarlo en un lugar de tránsito problemático. Las condiciones que lo hicieron posible ya no están, muy seguramente a esto sea a lo que llaman cambio educativo. Las prácticas que antes lo definían, ahora hacen que se reconstituya, que tenga que pensar y disputar su legitimidad. Sus relaciones consigo mismo y con lo que lo rodea lo interrogan hasta el punto de parecer embrollarlo en campos, funciones, invisibilidades y quehaceres que diluyen su cuerpo. Se dice de él que no tiene experiencia, que la pierde, la derrocha, cada vez habla y convoca menos. Suspendido en la indefinición de tanto requerimiento se entrega al espectáculo de un pensamiento que habla de él, mucho más que al pensamiento mismo, que a su propio pensamiento.
En el momento en que se multiplican los mensajes, se recompone el carácter y el papel de la formación, así como se redefine la subjetividad del maestro. Vemos entonces cómo este entra en una región de sombras donde se desubica y al mismo tiempo lo multiplica en tantos otros que su presencia se hace superficial y por demás, casi anodina. Sin embargo muchos han creído que lo único que tiene que cambiar es “su disposición hacia el cambio” o que “debe asumir los retos que le impone la sociedad del conocimiento y los procesos de modernización social y cultural”; no faltará quien opine que con “una capacitación y actualización de sus conocimientos” ya bastaría, o que necesita entender “los cambios operados en las infancias” y por tanto adoptar una nueva actitud hacia la tecnología, su lógica, sus ventajas.
Pero hay también quienes descartan definitivamente al enseñante y lo reemplazan por un profesional a la luz de confiar en los procesos de formación en instituciones “perfectamente acreditadas que garantizan su profesionalización”, o también los que lo recomponen como “un experto en resolución de problemas” y otras habilidades multiusos. Resulta entonces apenas natural que el maestro se esté diluyendo. Así...
Dilución por función. Separado de la enseñanza, por ese juego complejo de enrarecimiento de la pedagogía y desarticulación de su acción enseñante, el maestro existe de ahora en adelante solo de un modo disgregado y disperso: por un lado administra el currículo del que únicamente conoce su forma exterior: ni lo construyó, ni puede adecuarlo, ni trasformarlo o adquirir autonomía de él, porque ya todo está perfectamente amarrado y construido por el modelo; por otro lado su papel se recompone al definirse que su tarea en el proceso de la educación es servir de facilitador de aprendizajes, es decir, que sus propias preguntas, su proceso de construcción está limitado al rendimiento de los otros.
Dilución por aprendizaje. De la misma forma que un cuerpo superprotegido pierde toda posibilidad de defensa, el énfasis desmedido en el aprendizaje, entendido solo como transformación de conductas, señala la duda en el valor de lo que efectivamente se puede aprender. Destaco aquí una posible ruptura en las concepciones y en la organización del modo de ser maestro, por lo menos en el último medio siglo, primero con el surgimiento de la tecnología instruccional y el modelo curricular y, más recientemente, con la introducción de un nuevo estilo de desarrollo educativo basado en “la satisfacción de necesidades básicas de aprendizaje”. En ambos casos la reordenación impone al maestro el privilegio del aprendizaje con lo cual su destino estará definido, no por sí mismo, sino por los sujetos de aprendizaje. Al quedar atomizado el propósito de la formación, lo que queda es la conducta del otro expresada en términos de habilidades, destrezas y comportamientos.
Dilución por los entornos virtuales. Los avances tecnológicos actuales hacen posible el empleo de mediadores de la enseñanza-aprendizaje que muchos de los maestros no conocieron cuando eran estudiantes, ni tampoco, en muchos casos, durante el período de preparación profesional. Durante mucho tiempo, el maestro tenía por función mostrar los conocimientos y los contenidos y, respecto al método de enseñanza, relacionar dichos contenidos con lo social y lo cultural, lo cual permitía la transformación de los conocimientos en contenidos para la enseñanza y de la conversión de estos en saberes por intermediación de la cultura, en lo que Lyotard denomina la política de los saberes. Pero en la docencia virtual, el modo de ser de los conocimientos supone otro tipo de modificación sustantiva respecto de lo que antes constituía la enseñanza de los conocimientos. Estoy lejos de criticar la informática y la tecnología, sino la manera como el maestro se debe hacer funcional a ellas, cuando el proceso es más potente al revés.
Conectando con lo que había señalado al inicio, hoy estamos en presencia de la dilución de eso que antes podríamos reconocer como el cuerpo del enseñante. Ya Virilio había advertido sobre esta estética de la desaparición que toca la puerta de nuestra cultura y que afecta el tiempo, el espacio, nuestros sentidos, la economía, la relación con la ciudad y con el planeta al encerrarnos en la economía política de la rapidez. A mayor velocidad, más pérdida del mundo, del cuerpo, de la voz. La subordinación del lenguaje a la comunicación es una prueba de ello, la reducción de la expresión a su uso metodológico es lo que hace que las aulas ya no sean lugares para la palabra. Quienes hablan hoy del maestro, de su cuerpo, de su voz, de su formación, están llamados a avistar la porosidad, la ambigüedad que supone su diseminación funcional en la sociedad. Ya no es posible acceder a su cuerpo porque este se ha eterizado.
La tesis de la dilución se quiere presentar más que como un destino fatal como una alerta, como un grito intempestivo que demanda la puesta en escena de todos nuestras potencias y nuestras capacidades para pensarnos más allá de los discursos inmovilistas, de los llamados a la resignación, de los juegos que proponen economía del pensamiento. Si algo tenemos por derrochar es la capacidad de pensar, claro que para ello se requiere paciencia, soledad y esfuerzo compartido. Coincido con Said en que la labor de un intelectual no pasa por complacer sino por suscitar perplejidad, en este caso, llamar la atención frente a las fuerzas que golpean al maestro contemporáneo. Si bien algunos podrían afirmar que esta tesis manifiesta una negatividad, su lectura procede mejor como el esfuerzo de quien intenta pensar de otro modo. No hay aquí añoranza de nada, tampoco desesperanza, mucho menos ahorro de complejidad. Ante los afanes de las respuestas inmediatas de las propuestas generales, queda la vía de quienes usan la inteligencia y el deseo de modo múltiple, singular e inmanente.

Articulo cortesia de Revista Palabra Maestra